La “Guía para la Innovación Social” de la Unión Europea, considera que las innovaciones sociales son aquellas que, lo son tanto en su finalidad como en sus medios. Una innovación hecha desde los despachos de un Ayuntamiento o de una entidad no lucrativa, no se incluiría en esta categoría. Este tipo de innovación puede ser muy útil y ojalá hubiera muchas. Pero – tal y como dice la Guía- las innovaciones sociales tienen una  ventaja: además de ser buenas para la sociedad, refuerzan la capacidad de las personas para actuar.

Pero si las innovaciones no parten de una institución, entonces ¿ dónde se generan? Cuál es el punto de encuentro con “la sociedad” para proponer nuevos modos de resolver problemas?

En este punto percibimos que la innovación social pide unos espacios de encuentro y trabajo, gestionados adecuadamente para que, ésta, se pueda producir. En este aspecto sí que se puede hablar de espacios para la innovación social.

En nuestro entorno hay un cúmulo de mesas y entidades de segundo grado que tratan diferentes ámbitos de la problemática social. Si vamos más allá, en toda Europa, encontraremos centros, dedicados a impulsarla.

Pero si buscamos ejemplos, el tema es más complicado. La mayor parte de los que aparecen en la bibliografía son iniciativas buenas para la sociedad pero producidas en los laboratorios.

En “The Open Book of Social Innovation”, se afirma que pocas veces se consiguen innovaciones sociales con un esfuerzo deliberado y estructurado, del mismo modo que ocurre en otros procesos de cambio. Estamos de acuerdo con esta afirmación pero no deberíamos conformarnos con esperar ideas afortunadas. Sabemos que la innovación social se puede abordar como uno proceso sistemático, como todo tipo de innovación. Un aspecto diferencial del proceso que lleva la innovación social es precisamente que debe incluir la creación y gestión de los espacios para la innovación.

Para crear un espacio de innovación social y que sea productivo, se necesitan algunas condiciones:

  1. Que exista un líder que tenga el deseo de llevar a cabo transformaciones sociales –mayores o menores- y, que otros colectivos acepten o quieran compartir este liderazgo
  2. Que un grupo de entidades, representadas a menudo por profesionales, se propongan ir más allá de su tarea concreta y apunten hacia un objetivo más vasto.
  3. Que los usuarios estén representados – mediante alguna de las entidades- o bien, que participen en el proyecto de algún modo.
  4. Que el sistema de gobierno permita el trabajo en equipo, entre las entidades y las personas interesadas.

Aquí aparecen las dificultades: Equipamientos y dinero pueden ayudar pero no aseguran que se cumplan las condiciones señaladas (no es suficiente: “tirar la piedra”). El conocimiento para gestionar los espacios y consorcios de entidades, para generar ideas innovadoras y para convertirlas en proyectos: existen y los tenemos.

Quizá es necesaria una condición anterior a las citadas más arriba: que las entidades y en especial las instituciones públicas, se autoricen a salir de sus estrictas funciones para entrar en coaliciones interdisciplinarias con visiones más vastas. Y a la vez, se den cuenta de que, en la sociedad hay problemas que no pueden resolver ninguno de los agentes sociales, de modo aislado.

Conocemos la dificultad de las instituciones para dedicar recursos a lo que no es su estricto trabajo. Y quizá, la pereza tenga, también, algo que ver. Y pedir a las entidades un enfoque distinto, ¿es mucho pedir?